Archivo por meses: marzo 2015

“De Chipaya a la estancia Murmuntani”

Que aventura aquella!!!  “Por eso, comprometo todas mis fuerzas para no ser esquivo a la aventura misionera” palabras con las cuales hacemos una parte de nuestra profesión religiosa.

Como fieles de la parroquia de Santa Ana de Chipaya, fuimos invitados los a las fiestas patronales en honor de la Virgen de Candelarias en una estancia llamada “de Murmuntani”. Esta estancia está situada a dos kilómetros de la frontera con Chile y pertenece al departamento de Potosí. Para llegar a este tan ansiado lugar fue toda una aventura… con sólo decirles que hicimos 18 horas de viaje.

Partimos de Chipaya a las 22:30 hs., rumbo a una localidad llamada Huachacalla. Allí agarramos el cruce de Copacabanita, y de allí “rumbiamos” hacia la parte sur del departamento de Oruro, hasta salinas de Garzi Mendoza, en donde alcanzamos a desayunar como a las 07:00 hs… un pan con queso, seguimos por esos “caminos del olvido”, cortados, derrumbados, llenos de piedras, hasta que pasamos el volcán Thunupa, y de allí ya había partes en que era ir a la buena de Dios, porque no había rastros, sólo un mismo rumbo. Hasta que por fin entramos al salar de Uyuni, donde ya hay huellas de los circuitos turísticos, huellas que llegan hasta la localidad de Llica.

Lo bueno del salar es que parece un pavimentado de sal: por fin descansan los oídos, por fin se puede pegar un ojo de sueño, después de tantos barquinazos, saltos y golpes que da el micro por donde pasan las llantas. Llegamos a Lllica al mediodía pero, de allí nomás seguimos viaje, antes que se desaten las lluvias porque el camino se hace fangoso y se corre el riesgo que se estanque el micro. ¡Así que a seguir nomás se ha dicho!

Por fin, a eso de las 16:00 hs., divisamos, al fondo de un cañadón, un templito blanco rodeado de unas cuantas casitas: ¡qué alegría! Por fin! Allí está! Murmuntani.

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Las primeras Vísperas las celebramos a las afueras del pueblo, con procesión. Partimos del lugar llamado “El Calvario”, donde se rezaron las oraciones y se bendijeron las candelas… que no se pudieron mantener encendidas por el viento. Pero ya al llegar al templito para la misa, pudimos nuevamente encender todas las velas. Nos acompañó un atardecer en el que las nubes parecían abrazarse en llamas de fuego, y por momentos casi incandescentes.

 

 

 

 

 

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Después de la Santa Misa, como es costumbre de la gente lugareña, “acompañamos” a la Virgencita en el atrio del templito con danzas populares tradicionales, por ejemplo, la tarqueada lenta, en donde bailan al son del bombo y flameando pequeñas banderas blancas.

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Al día siguiente, como éramos invitados especiales de la fiesta, nos pidieron que dirigiésemos las oraciones de la mañana, a hs 6:00, “levantada” que despiertan con bombas de estruendo… ciertamente que no es un modo lindo de despertarse, pero una vez ya despierto, hay que levantarse nomás.

Y ya para completar la jornada para la cual habíamos ido, la Santa Misa, a las 10:30 hs. Participaron todos los fieles del momento: así, una vez más, vuelven a arrodillarse ante Jesús que se hace presente en la Sagrada Eucaristía.

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“La casa del sacerdote”

Todos se imaginarán al escuchar nombrar la “casa del sacerdote” una casa amplia con sala de recepción, cocina, cuartos y una capilla interna de oración permanente, pues esto sería lo mínimo que debería tener. Cosa que nada de esto tiene mi casa; vamos a ver.

En estos días, leyendo el libro del cardenal Manning “El Sacerdocio Eterno”, donde en una capítulo habla claramente de lo que debe ser la casa del sacerdote, vinieron a mi memoria los días aquellos de agosto en las que fue Monseñor Cristóbal a visitarme y a bendecir (hablando con propiedad) “Mi casa”, allá en el Ayllu de Ayparavi; cito lo que dice el Cardenal al respecto: “Sean los presbiterios (o casa de los sacerdotes) verdaderas moradas de paz y de caridad, de sobriedad, de modestia, ejemplo insigne en todo para los fieles, de modo que el adversario no tenga nada malo que decir de nosotros” (Tit.2,8). Ayparavi es un pueblo que queda alejado de la sede parroquial, lo que se hace difícil ―y más en tiempo de lluvias o vientos― poder regresar por las tardes a casa. Por esto la gente me preparó una HUAYLLUCHA para el párroco (casita redonda hecha con piedra blanca y barro, con techito de paja).

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Consta adentro de un adobón y un candelabro, un pequeño catre con un colchón hecho de paja y un par de PHULLUS (frazadas hechas en telar con lana de oveja)… realmente es “una morada de paz y de caridad”, porque, primero, está a las afueras del pueblo, donde se respira paz y silencio lo suficiente como para poder escuchar el “aletear de una mosca”, y segundo, pues allí viene la gente a practicar la caridad conmigo: unos vienen a traerme algo que comer ya sea quesito, charque, pisara, y otros simplemente a sentarse a la puerta aunque sin decir palabra, pero sólo para cerciorarse que el Padre no se sienta solo. Otros a reír un rato y “hacer cita” para la bendición de casa de algunas de las estancias.

Con la bendición del obispo ya pude quedar en esa Huayllucha, que no es muy decorosa a extremo, pero lo suficiente para cubrirme del frío y por supuesto acompañado de la solicitud materna de la Virgen Maria bajo la Advocación de la Divina Infantita, que ella es la que cautiva el corazón de la gente.

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El día 29 de agosto, acompañado de los fieles que prepararon la vivienda y participaron con mucha alegría de la visita y bendición, luego de un almuerzo festivo y palabras de agradecimiento de la gente, el Obispo entrego rosarios a la gente, quienes se comprometieron, a petición del obispo, a rezar por nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas.

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A Dios las gracias por el don de la vocación misionera.

Padre Rosendo Tactaca, misionero en las tierras de los Urus Chipayas.

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