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A los confines del mundo en dos ruedas

Aprovecho la ocasión para escribir sobre los días de mi vida acá en esta misión en la parroquia de Santa Ana de Chipaya: explico el motivo del título; es a razón de una de tantas visitas que hice a mis parroquianos que viven en el área dispersa, es decir campo adentro en las estancias.

He llegado a una estancia en donde me percaté que ya mas allá de eso no hay más nada al alcance de la vista humana. Tanto por el paisaje como por la soledad, el silencio y la sequía que hay en este rincón del altiplano, pero que también existe un alma. Y es un consuelo saber que en mí se cumplen las palabras de nuestro Señor: “serán mis testigos en Jerusalén, en samaria y hasta los confines del mundo” Lc 24,48. Y por esto puedo decir que llegué hasta los confines del mundo.

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En esta ocasión llegué a esta estancia a administrar el sacramento de la confesión y unción de los enfermos, y también a bendecir las huaylluchas y las ovejas, que es lo único que posee la gente. Pues ya no da la tierra para sembradío, ni para plantar un árbol, ya que la sequía y la cercanía al salar de Coypasa impide toda vegetación, no hay más nada que el “káuchis”, pequeños arbustitos que hay en la pampa y que es lo único que tienen las ovejas para comer, es la única vegetación que sobrevive todo el año en este rincón de mi  querida parroquia uru.

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Llegar hasta estos rincones me trajo inmensa alegría, ya que antes no había llegado a este lugar y a esta familia; alegría inmensa por saber que en la soledad del altiplano se hallan fieles que se acuerdan de nuestro buen Dios y de su Santa Madre la Virgen Maria, en medio de los tejidos y silbares del viento, ese viento que se hace presente y que jamás falta a lo largo de los 12 meses del año.

Llegue acá en moto, que conseguí gracias a unos caritativos donantes de origen italiano, y hago mención a ellos ya que por su desprendimiento hacen posible mi llegada, la llegada de un misionero en busca de almas a estos lugares recónditos de estas tierras bolivianas.

Ya son varios meses que sólo me manejo en esta moto por todos los lugares de la parroquia y de la diócesis, ya sea para visita de casas, para llegar a las estancias, para las misas en las comunidades, para visitas de ancianitos que viven solos y varios de ellos enfermos, y también para recorrer los 190 km de distancia hasta Oruro, ya sea para llevar a mantenimiento o para las reuniones que citan al presbiterio. Y he de mencionar que por ahora en la parroquia no cuento con ninguna otra clase de movilidad.

Y por eso se hace necesario para el misionero sentir el rigor del clima, ya sea por los fuertes vientos sobre la pampa uru, ya por el calcinante sol de mediodía, ya sea las bajas temperaturas que llegan hasta congelar el río Lauca que atraviesa de norte a sur los territorios de la parroquia.

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Muchos, al leer, pensarán que es una “súper aventura”; ¡claro que sí! Pero aclaro que no es una aventura meramente humana, sino que va más allá de lo que uno puede pensar o se puede  imaginar, es lo que la Iglesia Católica, dos veces milenaria, llama ¡AVENTURA MISIONERA! Y lo que nuestro fundador, el Padre Buela, dice y se los transmito ya vivido desde este rincón del mundo: ¡LA MISION, SIEMPRE ES UNA AVENTURA!!!

QUE VIVA LA MISION!!!

En Cristo y Maria su Madre

Padre Rosendo Fabián Tactaca

Misionero en las tierras de los urus.