“La casa del sacerdote”

Todos se imaginarán al escuchar nombrar la “casa del sacerdote” una casa amplia con sala de recepción, cocina, cuartos y una capilla interna de oración permanente, pues esto sería lo mínimo que debería tener. Cosa que nada de esto tiene mi casa; vamos a ver.

En estos días, leyendo el libro del cardenal Manning “El Sacerdocio Eterno”, donde en una capítulo habla claramente de lo que debe ser la casa del sacerdote, vinieron a mi memoria los días aquellos de agosto en las que fue Monseñor Cristóbal a visitarme y a bendecir (hablando con propiedad) “Mi casa”, allá en el Ayllu de Ayparavi; cito lo que dice el Cardenal al respecto: “Sean los presbiterios (o casa de los sacerdotes) verdaderas moradas de paz y de caridad, de sobriedad, de modestia, ejemplo insigne en todo para los fieles, de modo que el adversario no tenga nada malo que decir de nosotros” (Tit.2,8). Ayparavi es un pueblo que queda alejado de la sede parroquial, lo que se hace difícil ―y más en tiempo de lluvias o vientos― poder regresar por las tardes a casa. Por esto la gente me preparó una HUAYLLUCHA para el párroco (casita redonda hecha con piedra blanca y barro, con techito de paja).

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Consta adentro de un adobón y un candelabro, un pequeño catre con un colchón hecho de paja y un par de PHULLUS (frazadas hechas en telar con lana de oveja)… realmente es “una morada de paz y de caridad”, porque, primero, está a las afueras del pueblo, donde se respira paz y silencio lo suficiente como para poder escuchar el “aletear de una mosca”, y segundo, pues allí viene la gente a practicar la caridad conmigo: unos vienen a traerme algo que comer ya sea quesito, charque, pisara, y otros simplemente a sentarse a la puerta aunque sin decir palabra, pero sólo para cerciorarse que el Padre no se sienta solo. Otros a reír un rato y “hacer cita” para la bendición de casa de algunas de las estancias.

Con la bendición del obispo ya pude quedar en esa Huayllucha, que no es muy decorosa a extremo, pero lo suficiente para cubrirme del frío y por supuesto acompañado de la solicitud materna de la Virgen Maria bajo la Advocación de la Divina Infantita, que ella es la que cautiva el corazón de la gente.

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El día 29 de agosto, acompañado de los fieles que prepararon la vivienda y participaron con mucha alegría de la visita y bendición, luego de un almuerzo festivo y palabras de agradecimiento de la gente, el Obispo entrego rosarios a la gente, quienes se comprometieron, a petición del obispo, a rezar por nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas.

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A Dios las gracias por el don de la vocación misionera.

Padre Rosendo Tactaca, misionero en las tierras de los Urus Chipayas.

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